jueves, 19 de enero de 2012

Vicente

Cuatro de la tarde y un simpático sol ardía con toda su bondad. La madre preparaba limonada para ella, pues no soportaba el calor y lo único que le quitaba el ahogo, aunque parezca mentira, era una buena dosis de su brebaje: ácido, amarillo y azucarado. Esa mañana de verano había discutido, como siempre, con su marido, por cosas que a nadie le interesan. Ni siquiera a ellos, fíjense ustedes. Discutían, simplemente, para mantener viva la relación…
Vicente tenía 7 y no soportaba los gritos. Durante años los escuchó; agudos en primavera y roncos en invierno. No aguantaba más los chillidos, así que, cual aventurero trotamundos, cual malabarista mochilero, decide embarcarse en su propia huida. Para la maleta guardó solamente lo esencial. Una imagen de “Ben 10” que lo protegería en las noches obscuras. Una carta explicándoles, a sus nuevos padres, porque huía de casa y, claro, lo primordial, una cuchara y una bolsa de leche que lo mantendrían bien alimentado hasta llegar a destino… ¿Cuál? ni siquiera él lo sabía, pero sería lindo seguramente.


Pasó media hora desde que nuestro héroe yacía en la vereda, en la esquina de su casa. Ya había devorado, obsesiva y desesperadamente, toda la leche y aún así se sentía fatigado. Pensaba que moriría ahí; que nadie lo adoptaría. ¿Quién querría a un niñito que se escapa de casa?, pensaba, inocentemente, nuestro humilde hidalgo. Pasó otra media hora. Ya no soportaba más, pero había llegado muy lejos, se decía. No podía rendirse. El sol quemaba; el polvo, como nuca, bailaba a su alrededor; los perros ladraban. Era eso o su madre, su habitación; todos sus juguetes; los cariños fugaces, pero cariños al fin y al cabo…


Su madre, al terminar de engullirse su tercer vaso de limonada, se percata de la ausencia de su pequeño ángel. Desesperada grita, vocifera, aúlla su nombre, pero nada. El niño, al escuchar esto, por más que quería regresar, no se lo permitía. Era por eso que quería escapar. Quería encontrar el silencio y no una bocina de ambulancia, o de bomberos, o de lo que sea…


Al final, entre desesperación y desesperación, la madre se acerca a la puerta de su casa y, ahí, medio muerto de miedo, con la lágrima en la mejilla, observa a su pequeño bandido; corre exasperadamente, para abrazarlo, y el niño, entre sollozo y sollozo, va y le dice a su madre: Silencio, por favor, ¿es mucho pedir?...

viernes, 6 de enero de 2012

La habitación

Pequeña. De no más de dos metros de ancho por dos de largo. En altura excedía los dogmas establecidos por la arquitectura actual; era mi habitación y la de todos. Era el refugio en las noches de juerga y el templo Zen en los tiempos de cólera. No se puede afirmar que su diseño sea de una exclusividad interesante, pero en ella, humildemente, anidaban diferentes artes decorativas: botellas de cerveza adornadas con piedras de sol, brujas tejidas a mano por otras brujas, incluso hasta un Jack Sparrow, hecho de trapo, podía servir de interlocutor. Triste o favorablemente no poseía ventanas al mundo. Era un rectángulo en el cual te perdías del tiempo; te alejabas de los zombis de la resignación. En ella podías obviar a todos, incluso a ti mismo, si fuese necesario, con tal de encontrarte varado en el utópico silencio…
Lo importante es que en ella podías ser feliz. Era tu hogar, tu biblioteca; era la tumba de cada noche y el vientre del que te alejabas cada día, brevemente, instantáneamente… A machacarte un poquito la vida con guante duro; a codearte el presente con miradas fugaces, con aves rapaces, para luego, volver a la habitación.

martes, 3 de enero de 2012

TILL!

A veces me gustaría que el hijo de la mañana
y el hijo de la noche lloraran juntos a las estrellas
que mueren por acercarse tanto a la vida.
A veces también me gustaría que el mar estuviese en llamas.
Y siempre me gustaría dormir junto a mi pequeña anarquía.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Impulso eléctrico

Sentía la necesidad de la muerte en mis manos…

¿Cómo explicarlo?

Fue uno de esos impulsos donde sientes que no es solamente tu corazón el que palpita, si no todo tu cuerpo; donde tus manos tienen vida propia; tus pies se mueven hacia la agresividad; tu cabeza comprende que no solamente sirve para pensar; te das cuenta que tu cuerpo completo puede funcionar como un arma. Esa clase violencia que te empuja hacia la brutalidad, donde la irracionalidad y bestialidad que todos llevamos dentro nos lleva hacia los sentidos…

¿Comprendes?

No fue mucho tiempo lo que duró todo mi arrebato, pero sí el suficiente para desmoronar todo mi castillo, ese que había creado y había llamado vida.
Tal vez fue una fracción de segundo lo que duró todo, donde mi bestia interna despertó y sucedió culminando con y todo se acabó… para mi…

Que ironía más franca. Ese día todo, absolutamente todo, rayaba en lo normal; trivialidad era lo que se respiraba, cocinaba y servía…
Calentita trivialidad como el pan a las ¿8?, ¿9?, ¿10? de la mañana.

Mi día comenzaba como el de cualquiera, salvo por un sabor amargo en la boca y con mucha sed, tal vez por la resaca en la que vivía, permanente, sin necesidad de haber bebido, siquiera, una ínfima gota de alcohol, la noche anterior.

En fin, mi día seguía su curso como el de cualquier mortal que desea, por el amor al pecado, que algo extraño acontezca en su día; algo anormal, pero con esa rara sensación que nada sucederá… cuando tropiezo involuntariamente, tal vez inconscientemente así lo quería, con un señor: don autoridad y arrogancia andante, un policía.

No fue mucho lo que tardé en comprender que la cosa se pondría fea…
El perro vestía su traje verde. Yo, el cachorro, mi traje negro.
Decidí seguir el protocolo y pedir una disculpa, pero al parecer mi amiguito deseaba algo de carne para el desayuno.

-¡NO! -Fue su primera palabra y, acto seguido, el dolor y mi falta de respiración. Cuando entendí lo que había sucedido todo estalló en miedo; el tipejo, alegando defensa personal, se defendió y golpeó, directamente, mi estomago con su “luma”. Yo, en el suelo, alegaba racionalidad. Él, en su discurso, alegaba respeto (claro, jerárquicamente hablando). En ese momento, cuando al fin pude ponerme de pie, creo, era primera vez, en toda mi vida, que la palabra asesinato y realidad se tornaban en sinónimo.

No sé, realmente, que sucedió. Simplemente puedo decir que el policía tentó a la bestia, pero no se fijó que, justo en esa mañana, el candado de la jaula estaba abierto.

Recuero haber tomado su arma, imitado a los tipos en las películas y quitado el seguro, recuerdo haber apuntado directamente a su cabeza y haberme arrepentido, recuerdo redirigir el cañón hacia genitales, recuerdo el miedo y la orina que caía por sus botas al suelo. Aún siento su miedo en mis manos. Aún siento la sonrisa asimétrica de desprecio que se dibujó en mi rostro. Aún duelen mis oídos, por el sonido de la bala escapando a sus genitales, reventando sus genitales…matando su hombría.

Un disparo a quema ropa, como dirían en las series detectivescas, para tumbar al tipo; crear un camino de sangre y dibujar rostros horrorizados de las personas que recién despertaban de su ignorancia y comprendían lo que había pasado.

Recuerdo tirar el arma al suelo e imaginar lo que seguía. Los diarios, en todas partes, publicando mi rostro en portada: el joven que asesinó a un policía. La triste historia del muchacho que tentó la vida hasta la muerte. Las personas asustadas; mis padres preguntándose ¿por qué?, ¿que hicieron mal?, mientras me desterraban de su pensamiento. Mis amigos desapareciendo… y mi amor cayendo, tal vez, en la negación.

Recuerdo que un tipo se me acerca. Acto seguido, de yo haber botado el arma. Me reducen. Me dan algunos golpes y preguntan que qué acabo de hacer, ¿por qué lo hice?

Y recuerdo verme pronunciando mi humilde sentencia:

-No lo sé, solamente fue un impulso eléctrico.