viernes, 6 de enero de 2012

La habitación

Pequeña. De no más de dos metros de ancho por dos de largo. En altura excedía los dogmas establecidos por la arquitectura actual; era mi habitación y la de todos. Era el refugio en las noches de juerga y el templo Zen en los tiempos de cólera. No se puede afirmar que su diseño sea de una exclusividad interesante, pero en ella, humildemente, anidaban diferentes artes decorativas: botellas de cerveza adornadas con piedras de sol, brujas tejidas a mano por otras brujas, incluso hasta un Jack Sparrow, hecho de trapo, podía servir de interlocutor. Triste o favorablemente no poseía ventanas al mundo. Era un rectángulo en el cual te perdías del tiempo; te alejabas de los zombis de la resignación. En ella podías obviar a todos, incluso a ti mismo, si fuese necesario, con tal de encontrarte varado en el utópico silencio…
Lo importante es que en ella podías ser feliz. Era tu hogar, tu biblioteca; era la tumba de cada noche y el vientre del que te alejabas cada día, brevemente, instantáneamente… A machacarte un poquito la vida con guante duro; a codearte el presente con miradas fugaces, con aves rapaces, para luego, volver a la habitación.

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