Cuatro de la tarde y un simpático sol ardía con toda su bondad. La madre preparaba limonada para ella, pues no soportaba el calor y lo único que le quitaba el ahogo, aunque parezca mentira, era una buena dosis de su brebaje: ácido, amarillo y azucarado. Esa mañana de verano había discutido, como siempre, con su marido, por cosas que a nadie le interesan. Ni siquiera a ellos, fíjense ustedes. Discutían, simplemente, para mantener viva la relación…
Vicente tenía 7 y no soportaba los gritos. Durante años los escuchó; agudos en primavera y roncos en invierno. No aguantaba más los chillidos, así que, cual aventurero trotamundos, cual malabarista mochilero, decide embarcarse en su propia huida. Para la maleta guardó solamente lo esencial. Una imagen de “Ben 10” que lo protegería en las noches obscuras. Una carta explicándoles, a sus nuevos padres, porque huía de casa y, claro, lo primordial, una cuchara y una bolsa de leche que lo mantendrían bien alimentado hasta llegar a destino… ¿Cuál? ni siquiera él lo sabía, pero sería lindo seguramente.
Pasó media hora desde que nuestro héroe yacía en la vereda, en la esquina de su casa. Ya había devorado, obsesiva y desesperadamente, toda la leche y aún así se sentía fatigado. Pensaba que moriría ahí; que nadie lo adoptaría. ¿Quién querría a un niñito que se escapa de casa?, pensaba, inocentemente, nuestro humilde hidalgo. Pasó otra media hora. Ya no soportaba más, pero había llegado muy lejos, se decía. No podía rendirse. El sol quemaba; el polvo, como nuca, bailaba a su alrededor; los perros ladraban. Era eso o su madre, su habitación; todos sus juguetes; los cariños fugaces, pero cariños al fin y al cabo…
Su madre, al terminar de engullirse su tercer vaso de limonada, se percata de la ausencia de su pequeño ángel. Desesperada grita, vocifera, aúlla su nombre, pero nada. El niño, al escuchar esto, por más que quería regresar, no se lo permitía. Era por eso que quería escapar. Quería encontrar el silencio y no una bocina de ambulancia, o de bomberos, o de lo que sea…
Al final, entre desesperación y desesperación, la madre se acerca a la puerta de su casa y, ahí, medio muerto de miedo, con la lágrima en la mejilla, observa a su pequeño bandido; corre exasperadamente, para abrazarlo, y el niño, entre sollozo y sollozo, va y le dice a su madre: Silencio, por favor, ¿es mucho pedir?...